Visita a Old Field Farm
englishAndrew McCarron
Sábado, 10 de la mañana: Una linda mañana del último día de septiembre. Estoy en un tren de Amtrak viajando de Nueva York hacia el norte, para encontrarme con mi amigo Peter Nadin en Hudson (estado de Nueva York). Acordamos que me recogería en la estación para llevarme a su finca situada al otro lado del río Hudson, en la montañosa región de Green County, al norte de las montañas Catskill. Una vez allí, pasaré cosa de un día errando por los alrededores con la esperanza de llegar a entender el sentido de sus obras de la serie El primer trazo. A pesar de que llevo casi seis meses trabajando en un ensayo sobre su nueva producción, sigo trabado ante un obstáculo básico. Algo en estos cuadros desafía el lenguaje conceptual que utilizo para describir lo que pueden – o no - significar. Peter piensa que una inmersión en su lugar de creación podrá ayudarme. Lo que sigue son los apuntes que garabateé en mi diario del sábado 30 de septiembre hasta la noche del día siguiente...
Sábado, 11 de la mañana: Desde la ventanilla del tren que avanza veloz hacia Albany, el sol matinal realza los amarillos y verdes del follaje. El río Hudson, de aguas oscuras y plácidas, acentúa los árboles de hojas oxidadas de la orilla opuesta. Observo a un cormorán que extiende sus alas de pterodáctilo y se eleva, raudo, de una marisma junto a las vías cerca de Garrison (estado de Nueva York).
Sábado, 12 del mediodía: Peter está esperando el tren que llega a Hudson con 15 minutos de retraso. Lleva lentes de sol, una camisa de algodón azul con botones metida en unos vaqueros del mismo color y botas marrones de cuero. Conduce un brillante camión azul tipo pickup Ford 64 que exhibe los cuidados que su propietario le prodiga. Me saluda cordialmente y nos dirigimos al otro lado del puente Rip Van Winkle, hacia Cornwallville, el pueblecito donde se encuentra su finca. Durante el trayecto, Peter me cuenta un poco sobre su historia. Old Field Farm tiene los mismos límites que cuando le fue arrebatada a los bosques en 1790. Peter y su esposa, Anne Kennedy, la compraron en 1989 y abarca 155 acres de la ladera norte de las montañas Catskill (la mayor parte de las cuales es boscosa). El resto de la tierra es pasto silvestre para las abejas, habitáculo para cabras y gallinas y huertos de verduras y frutales. David, ex-estudiante y amigo de Peter, lo ayuda en el mantenimiento de la propiedad entre mayo y noviembre.
Sábado, 1 de la tarde: A mi llegada, me sorprende la elegancia despreocupada de la casa de campo colonial, situada a 50 pies escasos de la carretera. A un lado de la casa hay un campo segado en el centro del cual se extiende un soto de pinos. En el campo hay un patio y un corral para seis cabras de Cachemira y una bandada de gallinas frente a un área vallada para albergar los dos cerdos de 150 libras de Peter. Al otro lado de la carretera, del lado opuesto a la casa, un prado en pendiente poblado de flores silvestres se extiende hacia un bosque en el que fluye un arroyo. Peter y Anne acaban de montar un tipi en la orilla más cercana al arroyo. Es agradable sentarse allí y escuchar el murmullo del agua arcillosa del arroyo saltar sobre las piedras cubiertas de musgo.
Sábado, 2 de la tarde: Peter realiza gran parte de su labor artística alrededor de un pequeño granero en el perímetro del prado, al otro lado de la casa. De pie fuera del granero, Peter observa las montañas Catskill, muchas de las cuales aparecen salpicadas de colores otoñales. Absorbe el paisaje con todos sus sentidos, sonríe y se dirige hacia varias cubas negras a un lado del granero. Un pequeño fuego de propano arde bajo uno de ellas. Peter saca la tapa y revela su contenido: añil. Los ingredientes forman una pasta viscosa que se vuelve azul cuando está expuesta al oxígeno. Las otras cubas contienen pasta de cochinilla y de nogal negro. Desplegadas en la pendiente cubierta de hierba donde está el granero, hay tiras de lino polaco de 12 x 3 pies que serán utilizadas como lienzos. Peter levanta una de ellas y la sumerge en la cuba de añil, esperando varios minutos antes de sacarla y ponerla a secar sobre la hierba. Las otras tiras ya han sido sumergidas en añil o cochinilla, o en ambos. Algunas exhiben marcas esporádicas de la pasta de nogal negro. Es posible que Peter pegue puñados de lana de Cachemira teñida en las telas con cera de abeja de sus colmenas (situadas entre el establo de las cabras y el estanque rodeado de sauces).
Sábado, 3 de la tarde: Le pregunto a Peter qué es lo que dicta sus decisiones en cuanto al teñido y a la disposición de los materiales que elige para cada cuadro. Dice que sus selecciones estéticas no están muy relacionadas con las decisiones visuales. El olor, las texturas, los colores y los sonidos de la finca, su población animal y las montañas de los alrededores lo inducen a añadir capas hasta que siente que una obra está terminada.
Sábado, 4 de la tarde: Ha empezado a lloviznar. Peter, Anne y yo nos relajamos bajo el tipi charlando de política y de animales. El sonido del arroyo se filtra entre una fina capa de humo. Un fueguecillo de brasa arde lentamente. La tierra bajo las piedras del suelo está fría y huele a arcilla.
Sábado, 8 de la tarde: Peter, David y yo estamos sentados alrededor del fuego dentro de la casa cenando y hablando de las aventuras que la cría de dos cerdos hasta su edad adulta puede provocar. Peter le cuenta a David que, más temprano ese mismo día, los cerdos se escaparon del corral y se abrieron paso hasta el corral de las cabras, sembrando el pánico entre sus residentes. Peter logró convencerlos de volver a su vivienda con una espiga de maíz que persiguieron ávidamente. Toda la aventura de la granja ha sido una experiencia improvisada, y Peter y David hablan de ella en términos poéticos. Además de alimentarlos y albergarlos, hablan de llegar a conocer a los animales, como seres semejantes. Todos, David, Peter, Anne, su hija adolescente Anna-Paige, o Lulú (su perro terrier), las cabras, cerdos, pollos, abejas, o ciervos, coyotes, zorros del exterior, la finca misma aspiran a funcionar en base a una forma de interdependencia.
Domingo, 10 de la mañana: Me despierta el sonido de la lluvia. Las paredes del cuarto de invitados están cubiertas de pinturas de Peter que remontan a un período anterior. La mayoría de los cuadros, abstracciones coloridas con yuxtaposiciones de imagen y texto, están lejos de El primer trazo. Salto fuera de la cama antigua, me visto y, veinte minutos después, estoy en el coche con Peter (y Lulú) conduciendo bajo la llovizna en un pequeño todoterreno alrededor de la propiedad que se extiende hacia la parte trasera de la casa (en el lado cercano a la carretera). Lulú aúlla al ver a dos imponentes ciervos saltar sobre unas matas, y desaparecer en un hueco bajo una arboleda de olmos. Nos paramos ante una estructura que parece una enorme galería de caza. Sin embargo, se trata de una estación de pintura que Peter utilizó años atrás. Su voz se mezcla con el zumbido del motor al explicarme el papel que los marcos juegan en su proceso pictórico. Peter realiza casi todas sus obras al aire libre. Cuelga en una rama el marco vacío, o lo apoya contra un árbol o una roca mientras trabaja. Las dimensiones del marco le ayudarán a tomar decisiones estéticas. Fijará su mirada en un soto de abedules. Oirá el balido de las cabras, o a los cerdos escarbando la tierra húmeda. Olerá la acetosilla, el olor acre de la lana de Cachemira secándose en el granero, o el humo de la madera ardiendo en la chimenea. Estas emanaciones lo impulsan a trazar marcas en los lienzos utilizando ingredientes de la finca: miel, propóleos de abeja, nogal negro, moras, huevos de gallina y lana de Cachemira. El producto final va más allá de toda representación del paisaje; en cierto modo, es el paisaje.
Domingo, 5 de la tarde: Peter y yo estamos en el Ford, de camino hacia su casa de Nueva York. El camión va cargado de madera para el invierno. Llevamos botas enlodadas, tejanos y camisas de trabajo. Abro una jarra de miel fresca que me han regalado y un aroma familiar invade la cabina del vehículo. El olor me sugiere una pregunta: “¿Los Primeros trazos son como reliquias?” En la Edad Media cristiana, las reliquias de un santo eran mucho más que el símbolo del hombre o de la mujer con el halo de santidad: eran el santo mismo. El relicario albergaba un fragmento del cuerpo santo, mientras la pintura o el icono representaban el aspecto mimético. De la misma forma, las obras que componen El primer trazo representan las impresiones de experiencias preconceptuales de la naturaleza plasmada en una superficie, utilizando el ecosistema como pintura. Así como la jarra de miel impregnó la cabina con el olor del habitáculo de las abejas, El primer trazo llenará las salas de una galería o de un museo con la esencia de la Finca del Campo Viejo en Green County (estado de Nueva York) en un período de tiempo determinado. El espectador no podrá evitar reconocerse en estas obras.






